Calamidad

jueves, 17 de abril de 2014

Capítulo 07

Como tampoco había bebido demasiado esa mañana se levantó pronto y de buen humor, e hizo un poco de ejercicio en el taller mientras Cloud roncaba estruendosamente, para activarse para lo que iban a ser unos largos días.

Cuando fue a ducharse se cruzó en el pasillo con Ezequiel, que iba de camino a desayunar. Éste ya iba trajeado y pulcro, como siempre, y se le veía fresco como una rosa.

- ¡Vaya, buenos días! ¡Qué madrugador! ¿Nervioso por la partida?
- Buenos días. Un poco, pero más que nada quería despejarme antes. ¿Y tú? ¿Ya trajeado y preparado? Más que madrugador se podría decir que no has dormido.
- Bueno, ya sabes. Los demonios no necesitamos dormir.
- ¿No dormís nunca?
- Sólo por placer.
- No lo había pensado.
- Hay muchas cosas que desconoces aún, pero tiempo al tiempo. Anda prepárate y desayuna algo. ¡Nos espera un día movidito!

Y así iba siempre con su eterna sonrisa bajo su eterno sombrero.

La ducha fría le ayudó a acabar de despejarse. Y aunque seguía con sus ganas de probar cosas nuevas como iba de misión decidió desayunar gachas de nuevo, ante la decepción del pobre Talahashi. “Bueno, tú te lo pierdes. Lo que no te comas tú se lo comerá Dregar”. Le consiguió arrancar una sonrisa. Una de verdad. De esas que hacía tiempo que no disfrutaba.

Poco a poco la gente iba entrando. Efectivamente Dregar se comió su parte y la que correspondía a Kurt. ¡Qué animal! Trisha le saludó y se fue a sentar a su lado. Mientras avanzaba su corazón no paraba de latir cada vez más fuerte. Pero a medio camino Trisha vio la carnicería de la mesa de Dregar y no pudo resistirse a una última competición antes de marcharse. Ante aquél espectáculo Kurt se llevó sus gachas antes de que se le revolviera el estómago.

Salió al patio principal, donde estaban los dos pilares de piedra, y se terminó su desayuno mientras pensaba sobre ellas. Por alguna razón había algo en ellas que le llamaba la atención, que le atraía a ellas.

- Estas más relacionado con esas piedras de lo que crees.

Kurt, sorprendido, se giró, y vio a Sombra de pie a su lado. Ni siquiera le había sentido.

- ¿A qué te refieres?
- Dos pilares de piedra que llevan aquí desde que todo cambió, resistiendo. Como tú. Y como nosotros. Por eso nos infunden coraje.
- La cuestión es, que yo vivía cerca de aquí antes de que me llevaran a la base militar, y no tengo ningún recuerdo de ellas, aunque me resultan extrañamente familiares. ¿Cómo llegaron aquí?
- Eso – decía mientras daba la vuelta y volvía dentro del edificio - lo descubrirás a su debido tiempo.

Se quedó un rato mirando las piedras, pensando.

Al terminar todos de prepararse se reunieron de nuevo en el despacho de Victoria. Los élites salieron durante la noche. Vestal y su hermana, de la que aún no sabía el nombre, saldrían hacia el norte, más allá de Halford, para investigar el origen de la estampida de Behemots. Axel, Dregar, Skorn y Monique se quedarían como guardia.

Una vez acabaron Victoria se despidió de todos y se quedó hablando con Sombra, mientras Ezequiel se reunía con Trisha y con él.

- Coged vuestro equipo y nos reunimos en la puerta. Iremos en Jeep. No os demoréis. Kurt, llévate tu arma y las balas que hayas podido hacer. – y volvió con Victoria y Sombra.

Bajó al taller y cogió a PLEIA y sus tres balas. Lo bueno era saber que hacía cada combinación, así que llevaba una de las que usó contra el kobold de la que no sabía efecto pero parecía que le hizo más fuerte, y evitó la del cambio genético. Era poderosa, pero no quería revivir aquello. En la armería le dieron una pistola más con cuatro cargadores y un cuchillo de combate. En la cocina Talahashi le dijo que las raciones las llevaba el líder de la misión, que en este caso sería Sombra.

Una vez cerciorado de que no le faltaba nada más fue a la puerta, donde ya estaba Trisha esperando, con su gabardina negra y su guadaña al hombro. Tenía la vista fija en los pilares de piedra. La luz del sol de la mañana relucía en su cara, y aquella marca con forma de tatuaje era perfectamente visible. Extraña pero hermosa.

- ¿A ti también te pasa?
- ¿El qué?
- Te vi antes sentado en la escalera mirándolas, hablando con Sombra.
- Ah…
- También habló conmigo. Me dijo que la atracción que sentía hacia ellas era porque se parecían a mí.
- Porque han estado aquí desde el principio y nosotros también, ¿no?
- Jaja, sí. Exactamente lo mismo.
- ¿También le dice lo mismo a los demás?
- No lo sé. Nunca lo he visto hablando de ello con nadie más.
- ¡Ah! ¡Ya estáis todos aquí! - Ezequiel y Sombra se les juntaron y Victoria se acercó a ellos. – Qué tengáis suerte en vuestra misión y encontréis las respuestas que estáis buscando.

Aquella frase parecía la típica que da un general a sus soldados al partir, pero el tono de voz y la expresión de su cara denotaban que había algo más. Pero aunque Kurt sentía curiosidad decidió callar.

Se despidieron de ella y bordearon el edificio hasta la salida del taller, donde les esperaba el Jeep. Ezequiel se puso al volante, con Sombra de copiloto, y Trisha y él quedaron en los asientos traseros. La guadaña de Trisha parecía una bandera así que se las apañaron para que no sobresaliera de las puertas.

- ¿Adónde vamos entonces? – le preguntó a Ezequiel.
- Vamos a ver a Rick, al noroeste. Desde allí seguiremos al norte a Halford.
- ¿Quién es Rick?
- Es… bueno… ya lo descubrirás. Será más entretenido.

Ezequiel conducía de pena, pero claro, tampoco se había imaginado nunca a un demonio conduciendo.
Cuatro horas después de insufrible tormento para un viaje que se supone que debía de durar sólo dos se adentraron en una zona montañosa, de picos elevados y entre los cuales antes crecía un extenso bosque, ahora reducido a grava y astillas. Era un paisaje en parte grandioso, pero bastante desolador.

Cuando llegaron a una curva con la montaña en su parte exterior Ezequiel frenó y avisó.

- Casi se me olvida que no habéis venido antes. Será mejor que os agarréis a algo.

No sabía que esperarse pero viniendo de él se agarró a todo lo que pudo agarrarse. Acto seguido el jeep empezó a avanzar… ¡para salirse del camino pendiente abajo!

- ¡Joder estás loco!
- ¡Gracias!

En unos segundos que le parecieron eternos aterrizaron en una planicie que sobresalía de la ladera, a la entrada de una gran cueva, haciendo imposible verla desde abajo, y pudiendo llegar a ella sólo si sabías de antemano dónde estaba exactamente. Al menos si no querías morir intentándolo o… volaras.

Metieron el jeep en la entrada de la cueva, para ocultarlo, y avanzaron andando.

La caverna era tan amplia que podría albergar cualquier tipo de monstruo, y se alargaba y descendía de manera que parecía que fuera a llegar al corazón de la montaña. Si alguien vivía ahí realmente, aparte de tener un escondite casi perfecto, tenía los huevos cuadrados.

Cuanto más descendían más humedad o calor deberían notar, pero el ambiente se mantenía completamente estable, haciendo la caverna incluso confortable. Lo que no se esperaba en absoluto era a Rick. Cuando llegaron a una zona más amplia, con un gran fuego en medio, y con diversos artilugios aquí y allá, la vio, esperándolos.

Era una mujer que aunque no era muy alta ni parecía realmente excepcional, sólo por su cara, su cuerpo, y su mirada, se podía adivinar que era una mujer fuerte, salvaje, pero racional y sabia. Una superviviente nata. Su mirada, con esos grandes ojos de un azul hielo, te atravesaba y fundía hasta el alma. Su pelo negro cardado larguísimo hasta la cintura sólo estaba recogido en parte en una especie de corona diadema de hueso, y con unas telas en los mechones delanteros, para que no la taparan la cara. Sus vestimentas eran tribales, telas raídas unidas con cuero y cuerdas, tapando lo suficiente para facilitar los movimientos. En su hombro izquierdo, una hombrera formada por lo que parecían dos cuernos de hueso, la daba un aspecto más temible. Tenía un aspecto salvaje.

- Habéis tardado mucho.
- Perdónanos, sabes que no se conducir muy bien.
- ¿Y por qué no habéis venido como lo hacéis normalmente?
- Porque esta vez no venimos solos.

Entonces se fijó en Trisha y en él, analizándolos. La cara que puso al verlos, parecía como si los hubiera… reconocido…

- Así que éstos son.
- Así es.
- ¿Somos el qué? – preguntó Kurt, un poco cansado de tanto misterio.
- La clave.

Jamás olvidaría el escalofrío que le recorrió entero la primera vez que escuchó aquella voz. Una voz que le heló hasta las mismísima consciencia de su ser, dando a esas dos palabras un significado que tardaría mucho en comprender.

El hombre se acercó a ellos, desde un rincón en el que no se había fijado. Iba ataviado con una gabardina negra de cuerpo entero, pero de manga corta, con adornos plateados en las mangas, a lo largo de la cremallera, en las botas y en los guantes. Dos cinturones salían de la cremallera y le bordeaban alrededor de la cintura. A su vez frente a la cremallera llevaba dos correas y dos remaches con forma de hexágono, también plateados, así como la cruz en la capucha que le cubría la cara. Lo único que se veía de ésta era una boca fina y una barba morena de tres días.

Kurt no sabía si sería tanto plateado, pero aquella figura poseía un aura indescriptible, capaz de hacerle sentir todo y nada a la vez, como si su existencia fuera nada en comparación a la suya, o todo lo contrario.

- Un placer veros de nuevo. Ezequiel. Ka…
- Con Sombra vale.
- Como quieras. Y encantado de conoceros por fin. Trisha. Kurt.
- ¿Cómo nos conoces?
- Conozco y desconozco muchas cosas. Me llaman Orión, soy…
- Un amigo – volvió a intervenir Sombra.
- Soy un amigo.
- Eso no responde a mi pregunta.
- Tendrás que esperar. Tenemos un asunto importante del que hablar – le cortó Sombra, un poco molesto.
- Podemos hablar mientras paseamos. Me encanta este sitio.

Orión parecía tan seguro de todo como quien todo lo sabe, y a la vez tan maravillado como quien lo ve todo por primera vez. Aunque lo que estaba por venir era para estarlo sin duda alguna.

La caverna era tan extensa por una razón, era un hogar. Un hogar de algo sorprendente y maravilloso, a la par que temible. Jamás en toda su vida había creído en ellos, pero ahí estaban, enfrente de él. Rick se adelantó y posó la mano sobre su morro, por encima de la nariz, y le susurró algo.

Y entonces la bestia lo miró, con esos enormes ojos amarillos casi tan grandes como él mismo. Se irguió sobre sus patas delanteras, arqueando el lomo, y moviendo la cola para que la pudiera ver. Sus alas, plegadas al cuerpo, permanecieron inmóviles, pues aun siendo la caverna tan sumamente enorme no hubiera sido ni de lejos lo suficiente para albergar semejante bestia extendida en toda su magnitud.

Volvió a mirar a Rick, y mientras las negras escamas del dragón relucían hipnóticamente a la luz del fuego, ésta se dirigió a él y a Trisha.

- Regha os da la bienvenida al hogar, y quiere que sepáis que aquí estáis a salvo, mientras ellos y yo lo estemos.
- ¿Puedes comunicarte con él? – Trisha estaba alucinando casi tanto como él mismo.
- Puedo comunicarme con casi cualquier animal o bestia que me haya encontrado hasta el momento.
- Pero, ¿cómo?
- Pertenecía a una tribu que vivía en comunión con las bestias, alejados de la gente que se denominaba a sí misma “civilizada”. Con el paso del tiempo mi tribu aprendió a convivir con animales y bestias mientras que los “civilizados” se mataban entre ellos por conquistarse mutuamente. Incluso llegó a ser el último reducto de algunas de ellas, como los dragones.
  Pero el ser humano, en su ansia por conocer y conquistar, nos encontró. Acabamos con oleadas de ellos a lo largo de los siglos, pero siempre venían más y más. Acabamos acostumbrándonos y creíamos que sería siempre así, y que por tanto aguantaríamos, pero entonces sucedió lo que vosotros llamáis Apocalipsis. Las bestias enloquecieron, no pudimos comunicarnos con ellas, ni defendernos. Nos masacraron. Ahora soy la última de mi tribu, y aquí viven los últimos dragones. Regha es el último dragón adulto. Un dragón hembra negro. Mi deber ahora es cuidar de los pequeños que lograron sobrevivir.
- Lo lamento mucho.
- Llorar no sirve de nada. Sólo luchar por sobrevivir.
- Pero, ¿por qué enloquecieron después de tanto tiempo?
- Por la misma razón que van tras vuestro amigo del arma rara. Porque alguien las controla.
- ¿Quién puede tener tal poder como para controlarlas a todas?

- Los demonios pueden – contestó Ezequiel. – Y más concretamente uno de nosotros. Es quien creemos que destruyó el Área 013 y Halford buscándote. Y es lo que hemos venido a averiguar.